7

Estábamos de nuevo en la calle, sin nada más que nuestra sed de sangre. El sol y los claxonazos nos llevaron de nuevo a matar.

 

Un diputado en un Mercedes Benz negro y largo como el féretro de un gigante era escoltado por dos Raptors blancos montados por simios.

 

Los antropoides empujaban el tránsito amagando con laminazos y ojos de cañón, y los autos y la gente se hacían a un lado. Eran rompeolas.

 

De pronto sucedió algo inverosímil que abrió un hueco en la marea: el diputado decidió bajar su ventanilla para comprar Gorditas de Nata.

 

El vendedor se acercó con miedo después de la señal y el diputado aprovechó para arrebatarle varias bolsas de producto y escupirle.

 

Mi mujer policía caminó en dirección del diputado y fracturó su brazo sentándose en él. Las bolsas de Gorditas de Nata cayeron sin ruido.

 

El crac repentino movió a los escoltas, quienes fulminaron a mi amada de un disparo en la frente. Sentí que el mundo se derrumbaba.

 

Actué con rapidez y precisión: ataqué por la espalda al homicida, lo despojé de su arma, acribillé a sus compañeros y miré al diputado.

 

A pesar de su brazo fracturado trató de atacarme. Lo saqué del auto y vacié las cenizas del gordo en su boca antes de dispararle.

 

“Estoy otra vez solo “, pensé mientras veía salir del edificio al ladrón de mi billete de lotería. “Las deudas siempre se pagan”, le dije.

6

En un claro en la mitad de un bosque enmarcado por viaductos habíamos encontrado un billete de lotería.

 

La mujer policía y yo descansamos debajo del puente donde vivimos con otros marginados e inhalamos activo. Esperamos para cobrar el billete.

 

Rodeados de una burbuja que zumba, caminamos por una hora hasta llegar a la oficina de la Lotería Nacional. En la banqueta muere un perro.

 

Afuera el tráfico ha cedido. Los autos circulan con rapidez y no hay clarinazos. Tampoco deseos de matar. “¿Habré cambiado?”.

 

La mujer policía me conduce por las oficinas hasta llegar a una que tiene un letrero triste que dice “PA OS”, porque la G se ha caído.

 

La seguridad se ha ido incrementando y cada vez más cerca de cobrar el dinero, la sospecha de que el billete no es nuestro crece.

 

El activo que hemos inhalado y la mugre que nos cubre no ayuda a disipar las sospechas. “¿El billete es suyo?”. “Sí. Me lo dio tu mamá”.

 

El hombre detrás de la ventanilla de cristal blindado se guarda el billete en el bolsillo y le guiña el ojo al poli. “Sácalos, Jesús”.

 

“El billete no es premiado”, me dice. “Qué lástima”. Entre seis policías nos echan a la calle. El tráfico ha crecido. Y hay claxonazos.

5

La mujer policía y yo somos felices en nuestro pequeño hogar bajo un puente del sur de la ciudad. Nuestra familia son ratas y gente.

 

La mejor parte de nuestra casa es que despertamos a claxonazos y eso nos recuerda nuestra misión en la vida. Pero hoy decidimos huir.

 

Encontré un claro en un bosque entre dos calles. Y ahí una roca redonda con una bolsa de plástico que tiene dentro un billete de lotería.

 

Nos acostamos en el pasto a inhalar activo, mi novia la policía y yo, mientras contemplamos el billete y fantaseamos. “Comprar un radio”.

 

A lo lejos vemos una masa de manifestantes encabezados por un señor canoso. Su megáfono amplia una voz gomosa y sucia. Insulta a los ricos.

 

Como tenemos la certeza de ser ya millonarios, las palabras del líder de los manifestantes suenan a afrenta. “Hay que matar”, pienso.

 

El líder de los manifestantes me mira con cariño desde la calle y me invita con los ojos a seguirlo. Me levanto y oculto mi cuchillo.

 

El líder de los manifestantes se toma fotos conmigo mientras me abraza. Aprovecho para hundir el fierro en su espalda. Nadie se da cuenta.

 

La mujer policía entiende lo que pasa, pero para los demás es un desmayo. Reina la confusión. Muchos aprovechan para patear el cadáver.

 

Mi asesinato más grande ha quedado impune, mi mujer policía y yo nos sentimos aliviados. Tenemos un billete de lotería. Queremos matar.

4

El sacerdote agita sus manos de uñas manicuradas y escupe sin darse cuenta de que me acerco por detrás. Lleva su auto lleno de niños.

 

Saco al sacerdote del auto y le corto el pene con mi machete. Lo introduzco en su boca y luego le corto la cabeza. Los niños huyen, felices.

 

La gente reacciona con sorpresa después de mi mejor asesinato y guardan silencio. Unos tratan de huir en reversa. La mujer policía me ama.

 

La señora del Pacer durazno se colude con el licenciado del Dodge Dart mamey y deciden abandonar sus naves para atacarme por la espalda.


 

Mientras ellos brincan para descabezarme, me inclino para dejarlos pasar por encima y verlos caer maltrechos frente a mí.

 

“Estos dos deberían poner una frutería”, pienso antes de matarlos. La mujer policía no me quita la vista de encima y se ve muy pequeña.

 

“Creo que tengo una nueva compañera”, pienso mientras huyo de la mano de la mujer policía. Antes de llevarla a casa, le compro un globo.

3

Sin compañero pero movido a seguir con la justicia que el Gordo y yo iniciamos, salgo de nuevo a las calles muy temprano a escuchar.

 

He aprendido a vivir en las sombras: debajo de un puente rodeado de esquizofrénicos que me protegen. Esa es mi casa y ellos mi familia.

 

Hay días que salgo con ganas de asesinar a los que abusan del claxon. Otros días salgo con ganas de salvar a alguien de un naufragio.

 

Camino por las calles a plena luz del día pero nadie me mira, entretenidos en avanzar ahogados por la masa de metal que les rodea.

 

Sigo el vaivén sincopado del tráfico y el río me conduce al ojo de un remolino que sube su volumen muy cerca de su centro.

 

En la esquina de Baja California y Choapan está el atasque con varios autos: En el centro, atrapada, una policía llora, claustrofóbica.

 

Sus ojos son las velas de una embarcación a punto de hundirse para siempre. Entiendo que debo borrar varias vidas para salvar una.

 

La policía me lanza una última mirada mientras es atacada por los gritos y bocinazos de un sacerdote a bordo de un Gran Marquis beige.

2

Hemos salvado, poco a poco, a los chilangos que odian los claxonazos. El gordo y yo aparecemos para asesinar a estos bastardos del ruido.

 

Es un trabajo difícil. De mucha violencia y mucho reconocimiento. Ahora, por ejemplo, peleamos contra la tripulación de un camión del gas.

 

Su chofer, flaco y correoso como momia de Guanajato, trata de madrugar al Gordo, quien intercepta su golpe en el aire y quiebra su muñeca.

 

Un gasero apodado La Gata me arroja un tanque de gas desde las alturas. Lo pierdo de vista y me cae en la cabeza, pierdo el conocimiento.

 

Despierto bajo un puente, días después, en brazos del gordo. “Maté a todos los gaseros”, me dice. “Con una mano, la otra me la rompí”.

 

Nuestro trabajo aparece en las planas de los diarios: Nos buscan como sicarios para matar conocidos, todo es alegría. Pero por poco tiempo.

 

En la esquina de Insurgentes y Carracci bajamos del taxi a comer tortas de tamal con atole de arroz. “Esta vida no tiene regreso”, pienso.

 

Una mañana, el gordo tiene dolores en el pecho y en el brazo. Se siente mal. Lo llevo al IMSS y no lo reciben. Corro de un hospital a otro.

 

En el camino debo asesinar a dos señoras en Mamivans con calcomanías de Virgencita Plis en las defensas. Iban de pants. El gordo sufre.

 

Llego al final a un hospital donde reciben al gordo pero es muy tarde: Ha muerto en mis brazos. “No puedo parar”, pienso. “Debo honrarlo”.

 

Incineramos al Gordo debajo de un puente y guardo sus cenizas en bolsitas para meterlas en la boca de mis víctimas. A él le hubiera gustado.

1

El taxista de hoy es un hombre muy obeso de edad indeterminada, con voz de contrabajo y excelentes modales. Me llevará hasta el sur.

 

El 76% de los que tocan el claxon en embotellamientos son viejas secretarias mal cogidas con calcomanía de Radio Joya y rosario en el coche.

 

El taxista, que es un hombre sabio de los suburbios, está también escandalizado con los rabiosos toca cláxones de la Ciudad de México.

 

Cansados de la secretaria mal cogida con rosario y calcomanía de Radio Joya que no cesaba de tocar el cláxon, nos bajamos a increparla.

 

El traga fuegos en el cruce de Londres y Sevilla nos enfrenta: descubre que la señora es su madre, que lo abandonó de pequeño.

 

El taxista y yo peleamos con el traga fuegos, que intenta incendiarnos con escupitajos de gasolina. El chofer vuelca su bote de gasolina.

 

La secretaria mal cogida baja de su auto a defender a su hijo. Trata de atacarme con su botella de agua pero la esquivo y pateo su cara.

 

El chofer ha sometido al traga fuegos pero yo asesiné a la secretaria mal cogida con rosario en el coche y calcomanía de Radio Joya. Huimos.

 

El chofer y yo nos hemos vuelto mafiosos. Asesinos a sueldo. Circulamos por calles oscuras de esta ciudad podrida. Nadie me vuelve a ver.